Señorita:Lorena.R.
LEE CON
ATENCIÓN.
BUSCA
INFORMACIÓN SOBRE LA VIDA DE ESTE AUTOR.CÓPIALA EN TU CARPETA.
RESPONDE.A la deriva
Horacio Quiroga
El hombre pisó
algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y
al volverse con un juramento vio una yaracacusú[1] que,
arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque.
El hombre echó
una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban
dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y
hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de
lomo, dislocándole las vértebras.
El hombre se bajó
hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante
contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a
invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió
por la picada[2]
hacia su rancho.
El dolor en el
pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre
sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado
desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con
dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le
arrancó un nuevo juramento.
Llegó por fin
al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche[3]. Los
dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie
entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a
su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo
devoraba.
-¡Dorotea!
-alcanzó a lanzar en un estertor-. ¡Dame caña[4]!
Su mujer corrió
con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido
gusto alguno.
-¡Te pedí caña,
no agua! -rugió de nuevo-. ¡Dame caña!
-¡Pero es caña,
Paulino! -protestó la mujer, espantada.
-¡No, me diste
agua! ¡Quiero caña, te digo!
La mujer corrió
otra vez, volviendo con la damajuana[5]. El
hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.
-Bueno; esto se
pone feo -murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso.
Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa
morcilla[6].
Los dolores
fulgurantes[7]
se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle[8]. La
atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la
par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante[9]
vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.
Pero el hombre
no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la
popa[10] y
comenzó a palear hasta el centro del Paraná.
Allí la
corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo
llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú[11].
El hombre, con
sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí
sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito -de
sangre esta vez- dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.
La pierna
entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la
ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo
vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas[12] y
[1] (Del guaraní) f. América Meridional. Culebra
venenosa que sobrepasa el metro de longitud y cuya coloración es parda, con
manchas más oscuras que alternan sobre el dorso y los flancos.
[2] América
Central, Argentina, Bolivia, Paraguay y Uruguay. Camino o senda abierta por el hombre a través de la
espesura del monte.
[3] (Del
mozárabe trapíc y éste del latín trapetum o trapetus,
molino de aceite). m. Molino para extraer el jugo de algunos frutos de la
tierra, como la aceituna o la caña de azúcar.
[5] (Del fr. dame-jeanne).f. Recipiente de vidrio o barro cocido, de cuello corto, a
veces protegido por un revestímien-to, que sirve para contener líquidos.
[6] f. Trozo de
tripa de cerdo, carnero o vaca, o materia análoga, rellena de sangre cocida,
que se condimenta con especias y, frecuentemente cebolla, y a la que suelen
añadírsele otros ingredientes como arroz, miga de pan, etc.
[8] f. Parte del cuerpo en que se junta el
muslo con el vientre.
[11]
Puerto de Tacurú-Pucú, en Provincia de Misiones; se
habla el español y guaraní.
[12] 1. amoratado (que tira a morado). 2. Intensamente pálido.
La corriente
del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo
fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los
veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.
-¡Alves! -gritó
con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.
-¡Compadre
Alves! ¡No me niegue este favor! -clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo.
En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor
para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó
velozmente a la deriva.
El Paraná corre
allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros,
encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de
basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás,
la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en
incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él
un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma
cobra una majestad única.
El sol había
caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un
violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza:
se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre
ya, se abría en lenta inspiración.
El veneno
comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía
fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del
todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.
El bienestar
avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en
la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú?
Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.
¿Llegaría pronto?
El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había
coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba
caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y
miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el
Paraguay.
Allá abajo,
sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí
misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía
cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin
ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve
meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.
De pronto
sintió que estaba helado hasta el pecho.
¿Qué sería? Y
la respiración...
Al recibidor de
maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto
Esperanza un viernes santo... ¿Viernes? Sí, o jueves...
El hombre
estiró lentamente los dedos de la mano.
-Un jueves...
Y cesó de
respirar. FIN.
¿Qué hizo el hombre luego que notó la
mordedura?
a) Corrió
en busca de auxilio.
b) Se
desmayó.
c) Se
ligó el tobillo con su pañuelo.
Pregunta 2
¿A quién decidió pedirle ayuda el hombre para
llegar a Tacurú-Pucú?
Pregunta 3
¿A quién dirigió su último pensamiento el
hombre?
No hay comentarios:
Publicar un comentario